Nuestro columnista Ceferino Muñoz nos invita este sábado a detenernos y reflexionar sobre una frase del escritor francés 𝗣𝗮𝘂𝗹 𝗖𝗹𝗮𝘂𝗱𝗲𝗹: “Sin vino no hay civilización.”
¿Qué quiso decir Claudel? Ceferino nos propone mirar más allá de la copa.
El gran poeta y dramaturgo francés Paul Claudel sostenía en su obra Conversations dans le Loir-et-Cher: “sin vino no hay mesa redonda, no hay diálogo, no hay civilización”.
El término civilización suele ser controvertido, pero si acudimos a su etimología se transparenta su auténtico sentido: civilis significa “todo lo relativo o propio de la ciudad” y el sufijo -ización indica el proceso de “hacerse civilizado” o “ser transformado en civilizado”. La raíz civis/civitas ya sugiere que “civilización” está vinculada a la ciudadanía, a convivir, a vivir en comunidad. Y al lugar en donde se convivía los griegos le llamaban polis, los romanos civis y nosotros ciudad. Por supuesto que por cuestiones epocales estos conceptos no son exactamente equivalentes, baste con pensar que la Atenas de Solón no podría equipararse a la Roma de Adriano o a alguna de las metrópolis actuales. Sin embargo, polis, civis y ciudad mantienen un mismo corazón semántico.
En este sentido, y hablando en términos de filosofía política, “civilización” implica una cultura, es decir, orden (tanto natural como legal), arraigo, una lengua común, ritos y costumbres e instituciones que contribuyen a perfeccionar la intrínseca politicidad de las personas. “El hombre es un animal político (zoon politikón)”, decía Aristóteles; lo cual también puede traducirse como “animal cívico”. El ser humano, a diferencia de los otros animales, posee la capacidad de relacionarse políticamente, es decir, de crear sociedades y organizar la vida en ciudades, dicho en pocas palabras: es capaz de vivir civilizadamente.
Y si la civilización se funda en esa capacidad de convivir ordenadamente, el vino es quizá una de sus metáforas más bellas: la convivencia hecha rito. Es que el vino, más que una simple bebida, representa una forma de cultura y de mediación civilizatoria. Scruton, con su habitual provocación, afirma que: “Se podría decir que el vino es tan antiguo como la civilización; aunque yo prefiero decir que es civilización, y que la diferencia entre países civilizados y no civilizados es igual a la diferencia entre países donde se bebe vino y países en los que no se bebe”.
Más allá de la literalidad de la última frase, el filósofo inglés expresa algo muy profundo: en el acto compartido de beber es donde se activa esta dimensión ético-civilizatoria del vino. El bebedor mesurado lo es en un contexto de ágape (amor al prójimo). Por ello, beber virtuosamente no es evadirse de las responsabilidades, sino intensificar el sentido del estar con otros. Es participar en una práctica que remite a lo más hondo de la cultura occidental: el reconocimiento del otro como más importante que uno mismo –lo que los griegos llamaban aidōs (atención, respeto)– y el paso del éros al ágape, es decir, de la posesión al cuidado del otro. Solo en sociedades civilizadas –o en proceso de serlo o en lucha por no dejar de serlo– se puede dar este comportamiento hacia el prójimo.
De ahí que, para Scruton, como ya dijimos, el vino no es simplemente parte de la civilización, sino que el vino es civilización. Allí donde se bebe vino con sentido y moderación florece el espíritu del asentamiento, de la ley, del lenguaje y de la vecindad. En cambio, los malos usos del vino, entregados al exceso y a la adicción, despojan a la bebida de su significado moral y social. En lugar de generar comunidad, producen una forma de soledad colectiva, gobernada ya no por Baco sino por Narciso. Cuando se bebe sin atención ni respeto, sin interés por el otro, sin vínculo con el lugar ni con la bebida misma, no se celebra la vida en común, sino que se revive un estado anterior a toda civilización: una existencia brutal, breve y desarraigada. En suma, la tesis que postula aquí Scruton es que “la bebida del vino solo es defendible si se entiende como parte de una cultura, y que esta tiene un significado social, que trasciende al exterior, que mira hacia los demás”.
Y si iniciamos este escrito con un pasaje Paul Claudel, también con él lo concluiremos:
—Mirad, señores [dice el viticultor], yo no soy hombre de letras, pero les digo una cosa que he aprendido en sesenta vendimias: el vino es el profesor del gusto y, para hacer la civilización, es el maestro.
No es el pan, no es el aceite, no es la sal. Es el vino.
El pan alimenta, el aceite adereza, la sal conserva. Pero el vino enseña.
Enseña al paladar a distinguir, al corazón a alegrarse sin brutalidad, al espíritu a conversar sin orgullo.
Un pueblo que bebe agua es un pueblo de siervos.
Un pueblo que bebe cerveza es un pueblo de soldados.
Un pueblo que bebe vino es un pueblo de hombres libres.
El vino entra en la sangre como una lección de cortesía.
Hace que el labrador hable con el señor sin servilismo, y que el señor escuche al labrador sin desprecio.
Sin vino no hay mesa redonda, no hay diálogo, no hay civilización.