Por Cristian Moor, enólgo.
En el sector vitivinícola se repite una frase como un mantra: “la gente toma menos vino”.
No nos animamos a decir lo que realmente incomoda: el problema no es el consumo, es la falta de ideas, qué lugar le estamos dando al vino en la vida contemporánea y como lo comunicamos.
Durante siglos, el vino no fue solo una bebida.
Fue alimento, fue ritual, fue cultura, fue religión, fue comunidad, una filosofía de vida para muchos.
El vino estaba en la mesa diaria, para acompañar.
Hoy, parece haber quedado atrapado en un limbo: demasiado serio para el consumo casual, demasiado complejo para una generación moderna y demasiado silencioso frente a un mercado que grita estímulos constantes.
En el mundo, no se dejó de beber vino de un día para el otro.
Lo que se dejó de encontrar son motivos atractivos para elegirlo.
Mientras otras categorías reinventaron su lenguaje, su estética y su vínculo emocional con el consumidor, el vino siguió comunicando como si el tiempo no hubiera pasado.
Las nuevas generaciones no beben menos por falta de interés. Beben menos porque nadie les explica por qué el vino importa y no ha sido atractivo para ellos.
Hoy los jóvenes eligen experiencias antes que productos. Y el vino, paradójicamente, es una de las experiencias más profundas que existen.
El problema es que dejamos de contarla.
A esto se suma un cambio de hábitos: menos alcohol, más diversidad de bebidas, más opciones inmediatas.
Pero ninguna bebida tiene la capacidad del vino de contar un lugar, una familia, una vendimia, un año irrepetible.
Eso no se perdió. Se perdió el puente.
Durante años, el marketing vitivinícola se refugió en lo cómodo: el terroir, la altura, los suelos, la barrica, el puntaje.
Todo válido. Todo real. Pero todo incomprensible para quien no vive dentro del sector.
Mientras tanto, la cerveza artesanal creó tribus. Los destilados construyeron rituales nocturnos. Las bebidas listas para tomar se metieron en la vida cotidiana.
El vino, en cambio, se quedó esperando que el consumidor haga el esfuerzo.
Faltan historias reales, que emocionen, que atraigan, que generen vínculos, que fidelicen el vino como costumbre milenaria, es la bebida que creo Cristo, la que eligió como su sangre.
Y acá aparece la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿Cuándo fue la última gran idea de marketing del vino argentino?
Recuerdo una campaña de que el vino es la nueva red social, hace varios años atrás. Ahora, ¿cómo no somos capaces de generar una campaña todos juntos con todo lo que el vino tiene para contar?
Necesitamos una estrategia que vuelva a poner al vino en el centro de la conversación cultural.
La caída del consumo no es una crisis de identidad del vino. Es una crisis, en gran parte, de la imaginación del sector.
No vamos a negar la crisis económica, sobretodo en nuestro país, pero es ahora donde más creativos debemos ser, donde más cercano al consumidor debemos estar, donde tal vez el día que la creatividad debería dejar de ser vista como un gasto y pase a ser entendida como una herramienta técnica de comunicación, para que el vino vuelva a ocupar el lugar que merece.
Porque el vino no perdió valor. Perdió presencia