En su comentario editorial de cada sábado, nuestro conductor en Matices del vino y enólogo, Cristian Moor, propone un reencuentro del vino con su cultura, con su gente y su historia.
Creo que Argentina es un país donde el vino nació como parte cultural. Es decir, nació con mucha identidad de nuestras costumbres desde que somos país prácticamente. Durante décadas fue parte del almuerzo familiar, del asado del domingo, de la sobremesa interminable. El vino formó parte de lo cotidiano, identitario, transversal a la Argentina.
Hoy, frente a un escenario económico mundial muy complejo, con caída del consumo per cápita y transformación de hábitos, muchos miran al exterior buscando respuestas. Claro, no soy ingenuo, necesitamos exportar, es muy necesario. Posicionarnos en el mundo es estratégico y generamos divisas que frente a una economía local frágil y con síntomas permanentes de una macro economía muy inestable actualmente. Pero hay una verdad estructural que no podemos olvidar: Argentina tiene un mercado interno fuerte, emocionalmente vinculado al vino y con una memoria cultural intacta.
Se habla del consumo que cayó de 90 litros per cápita que sí, fue real, pero una utopía hoy en día pensar en volver a esos valores, y que hoy gozamos de 15 litros per cápita y acá quiero que reflexionemos, 15 litros lo vemos bajo, y lo es con valores históricos de nuestro país, pero estamos dentro de los 10 países que mas consumen vino en el mundo. Sabemos que hay una gran oferta de etiquetas en nuestro país, es un gran desafío, pero no descuidemos esto tan valioso que tenemos y no quisiera en el futuro lamentar que no aprovechamos estos 15 litros para ofrecer nuestros vinos y que en algún momento, vinos extranjeros ocupen un lugar en la mesa y el panorama sea aun peor.
El desafío no es crear un consumidor nuevo.
El desafío es reconectar con el consumidor que ya tenemos.
Durante años hablamos de puntajes, de mercados internacionales, de críticos y de posicionamiento global. Eso está muy bien. Profesionalizó el sector. Elevó la calidad. Nos dio prestigio. Pero en ese proceso, tal vez descuidamos algo esencial: la botella en la mesa cotidiana del argentino.
Tenemos condiciones estructurales que muchos países envidian:
• Somos productores.
• Tenemos una enorme diversidad de terroirs.
• Tenemos calidad internacionalmente.
• Tenemos tradición y cultura del vino, único país con el vino como bebida nacional.
• Y, sobre todo, tenemos historia con el vino.
La pregunta entonces no es si el mercado interno puede responder.
La pregunta es si, como sector vitivinícola, estamos dispuestos a volver a hablarle al argentino consumidor de vino como tradición, como disfrute, como algo de todos los días.
Debemos trabajar en conjunto institucionalmente, que de manera estratégicamente, utilicemos los recursos que tenemos para ayudar acercar la botella al consumidor, dejar de lado egos, mezquindades políticas e intereses propios y empezar a pensar en el sector como si fuese de todos nosotros, no solo de algunos.
Significa entender que el vino compite hoy con bebidas con más recursos de comunicación y marketing, con nuevas tendencias. Y frente a eso, el vino debe recuperar algo que es propio: la capacidad de acompañar y su tradición en nuestro país.
El vino no es una bebida más, es nuestra bebida social, que tiende puentes entre personas, como ninguna otra tiene la capacidad de hacer.
Hoy el mensaje debe ser claro: “El vino argentino necesita volver a ser cotidiano. No se trata de nostalgia. Se trata de visión”.
Si logramos que cada familia vuelva a considerar natural abrir una botella en la semana, aunque sea una vez, estamos defendiendo miles de hectáreas, puestos de trabajo, regiones enteras cuya economía gira alrededor de la vid.
Pero también estamos defendiendo algo más profundo: una forma de vivir.
El vino enseña moderación, conversación, pausa. En un mundo acelerado, digital y fragmentado, el vino invita a detenerse. Y esa pausa es un valor cultural que Argentina no debería perder.
La responsabilidad no es sólo de las bodegas.
Es de comunicadores, gastronómicos, sommeliers, distribuidores, medios y referentes.
Debemos volver a decir que el vino no es complicado.
No es elitista.
No es inaccesible.
El vino es parte de nuestra identidad.
Si Argentina logró posicionarse en el mundo con el Malbec, fue porque primero lo sostuvo puertas adentro. No hay marca país sólida sin consumo interno consistente.
Volvamos a integrar el vino a la vida cotidiana.
Porque cuando hay vino en la mesa, hay conversación.
Y cuando hay conversación, hay comunidad.
Y el vino argentino nació para eso: para unirnos alrededor de una mesa