Nuestro filósofo especializado en vinos, Ceferino Muñóz, vuelve a invitarnos a pensar con una columna que abre preguntas profundas: El vino y la salud del alma. A partir de la frase de Santo Tomás de Aquino, “El vino tomado con moderación es vida para los hombres”, nos propone reflexionar sobre una idea tan sugerente como vigente: ¿puede el vino, bien bebido, decirnos algo sobre la salud del alma?
“El vino tomado con moderación es vida para los hombres”. Esta frase no pertenece a ningún estudio científico actual publicado en algún journal, sino a un fraile dominico del siglo XIII llamado Tomás de Aquino, que la cita en su obra más famosa: la Suma de teología. De hecho, a renglón seguido añade: “si bebes [vino] moderadamente, serás sobrio”.
Esta última afirmación no puede dejar de resultarnos, al menos, extraña, porque en nuestro imaginario actual existen básicamente tres categorías de personas que se relacionan con el alcohol en general y con el vino en particular: el sobrio —que sería el que no toma—, el moderado —el que toma poco— y el ebrio —el que se ha excedido en la bebida—. Pero no es exactamente eso lo que dice Tomás. Para él, el sobrio no es el abstemio, sino el que bebe con moderación.
Y si vamos al diccionario de la RAE, allí también encontramos esa misma idea: “sobrio” es el templado, el moderado, el mesurado. Es el que ha bebido con medida; no necesariamente el que se ha abstenido por completo de beber, pero que sí lo ha hecho con prudencia, con sensatez.
Pero Tomás de Aquino no solo dice que el vino tomado con moderación es vida para los hombres. Va más allá: afirma que “la bebida sobria es salud para el alma y para el cuerpo”. Para el cuerpo, en el sentido clásico: el vino, tomado con medida, puede fortalecer y ayudar al organismo. Pero como no somos médicos, dejemos ese punto de lado y vayamos a lo más interesante: la sanitas animae, la salud del alma.
Hay un pasaje en el que Santo Tomás de Aquino, comentando una carta de San Pablo, afirma algo muy interesante: el vino —dice— tiene la capacidad de animar, de dar cierto impulso interior, incluso de volver más elocuentes a las personas. Es decir, el vino desinhibe, hace hablar, genera una cierta expansión del ánimo. Es un catalizador o facilitador social, diríamos hoy.
Pero inmediatamente hace una comparación: todo eso, que el vino produce de manera corporal, el Espíritu Santo —dice Tomás— lo produce de manera más alta y más profunda. El vino alegra, sí… pero el Espíritu da una alegría más plena. El vino hace hablar… pero el Espíritu Santo da una palabra más verdadera.
Y ahí aparece algo interesante para pensar hoy. Porque sin decirlo directamente, Tomás está mostrando que el vino toca dimensiones muy humanas: la conversación, la expresión, el ánimo compartido.
Claro que enseguida pone un límite muy claro: cuando el vino rompe la medida, desordena; cuando la respeta, acompaña. Y acaso allí esté la intuición más interesante: que el vino, bien bebido y bien vivido, no solo alegra, sino que puede disponernos al encuentro, a la conversación y a una presencia más plena ante los otros. No sustituye nunca lo más alto de lo que hablaba Tomás, pero a veces puede preparar el clima humano en el que lo más alto se vuelve más cercano.