Hay momentos en los que una industria debe hacerse preguntas profundas. Y la posible disolución de Corporación Vitivinícola Argentina es, sin dudas, una de ellas, se plantea como disparador de su columna editorial nuestro conductor y enólogo en Matices del Vino, Cristian Moor.
Porque más allá de las diferencias, de las críticas, algunas válidas, de los errores que seguramente existieron y de todo aquello que puede y debe mejorarse, hay algo que no podemos perder de vista: disolver estructuras caprichosamente no necesariamente resuelve los problemas de fondo. Muchas veces, incluso, los profundiza. Muchos me comentaban, Cristian, pero así tenemos un impuesto menos que pagar y optimizamos los recursos. Ok, ¿Sabemos cuánto representa lo que se pagaba? ¿Cuánto se destinaba a la investigación? ¿A la promoción? Les cuento que el aporte / contribución de una bodega al plan estratégico vitivinícola sólo representa el 0,017% del precio de venta de un vino varietal en góndola. Les cuento que 100 bodegas grandes explican el 70% del aporte total y que el grueso de los establecimientos que aportan, más de 2000, solo pagan por mes unos $30.000 en promedio.
¿creen ustedes de verdad que podemos solucionar algo sacando estos aportes?
La vitivinicultura argentina atraviesa uno de los momentos más desafiantes de su historia moderna. Menor consumo, mercados internacionales cada vez más competitivos, costos internos altísimos, cambios culturales en las nuevas generaciones y una necesidad urgente de reconvertirse, comunicar mejor, eficientizar recursos, establecer estrategias y generar más valor. Y frente a semejante escenario, la respuesta difícilmente sea fragmentarnos aún más.
Porque el vino argentino necesita exactamente lo contrario.
Necesita unión.
Necesita estrategia común.
Necesita promoción inteligente.
Necesita investigación.
Necesita innovación.
Necesita entidades fuertes trabajando en conjunto, no sectores enfrentados desgastándose entre sí.
Frente a otros productos como la cerveza, que está híper concentrada en muy pocas empresas, el vino tiene un atributo diferencial que debemos cuidar: la diversidad. La vitivinicultura argentina es diversa, tienen múltiples regiones, productores, estilos. Y ese es lo que la vuelve atractiva.
Hoy más que nunca necesitamos invertir en entender nuestros terroirs, profundizar estudios de suelo, microbiología y adaptación climática. Necesitamos más investigación vitícola, más desarrollo tecnológico, más construcción de marca país y más promoción internacional seria y sostenida. El mundo no espera. Y mientras otros países avanzan unidos detrás de objetivos claros, con holgados presupuestos que superan ampliamente el nuestro para promocionar el vino en el exterior, nosotros seguimos discutiendo internamente cómo organizarnos.
Y cuidado, no estoy defendiendo nada ni a nadie, solo que no me gusta el circo haciéndonos creer que están mejorando algo, cuando los problemas son muchos más profundos y la paciencia cada vez más corta. Todo organismo debe evolucionar, modernizarse, transparentarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Pero una industria tan compleja como la vitivinicultura y más aún la argentina, no puede darse el lujo de perder espacios de articulación colectiva y dejar la investigación de lado.
Porque el verdadero enemigo no está dentro del vino. Disolviendo no solucionamos nada, son muchas las instituciones que trabajan para lo mismo y los resultados están a la vista.
Tal vez este sea el momento ideal no para romper, sino para unir fuerzas y presupuestos optimizando los recursos que, desde ya, en nuestro país, siempre son escasos.
Porque si algo necesita hoy el vino argentino no es destruir, sino unir. Construir consensos para hacernos más fuertes.
Es mucha más inteligencia colectiva.
Y quizás haya llegado el momento de entender que ningún sector, ninguna cámara y ninguna entidad podrá salvar sola a la vitivinicultura argentina.
Pero juntos… todavía estamos a tiempo.