Junto al filósofo Ceferino Muñoz, nos proponemos responder una pregunta tan sugerente como interesante: ¿Por qué nunca faltaba el vino en la mesa de San Agustín?
Una nueva columna para viajar a través de la historia, la filosofía y la cultura del vino, y descubrir qué lugar ocupaba esta bebida en la vida y el pensamiento de San Agustín.
¿Por qué nunca faltaba el vino en la mesa de san Agustín?
Hay pequeños detalles que dicen mucho más de una persona y de una época que los grandes acontecimientos. Posidio, discípulo y primer biógrafo de san Agustín (354-430), nos transmite uno particularmente llamativo: en la mesa de Agustín nunca faltaba el vino.
La observación puede resultar curiosa. ¿Por qué Posidio creyó necesario dejar constancia de semejante detalle? Enrique Eguiarte, especialista en san Agustín, ofrece una explicación sugerente. No se trataba, naturalmente, de una afición desmedida de aquellos monjes por la bebida. Tampoco de una mera costumbre heredada. La presencia cotidiana del vino tenía un significado casi doctrinal. Era un mensaje frente a cierta forma tuerta de ver el mundo.
Para comprenderlo hay que recordar una página conocida de la biografía de Agustín. Durante unos nueve años de su juventud estuvo vinculado al maniqueísmo, religión fundada por Mani en el siglo III. El maniqueísmo concebía la realidad a partir de dos principios radicalmente enfrentados. Por un lado, el reino de la Luz, asociado al bien; por el otro, el de las Tinieblas, asociado al mal. El mundo material surgía del conflicto y la mezcla entre ambos, y en él habían quedado partículas de luz, por así decirlo, aprisionadas en la materia. De allí se derivaba una rigurosa disciplina ascética, especialmente entre sus electi o “elegidos”.
Entre sus prohibiciones estaba precisamente el vino. Los electi observaban el llamado “sello de la boca”, que implicaba abstenerse de determinados alimentos y bebidas. Agustín mismo critica explícitamente esa abstención maniquea del vino y de la carne. Según recuerda Eguiarte, podían llegar a considerar el vino nada menos que “la sangre del diablo”.
El contraste con el cristianismo resulta muy notable. Allí donde el maniqueo veía algo contaminante, el cristiano veía ante todo una criatura buena de Dios. Y con el vino el contraste es todavía mayor pues aquello que es rechazado por los maniqueos ocupa en el cristianismo un lugar central en la celebración eucarística; el vino consagrado es la Sangre de Cristo.
Que hubiera vino en la mesa de Agustín era, entonces, bastante más que una cuestión gastronómica. Era también una manera muy concreta de decir: señores, aquí no somos maniqueos. Aquí no creemos que la materia proceda del mal ni que las cosas materiales sean malas en sí mismas. El problema está en el modo en que nos relacionamos con ellas.
Y el propio Agustín lo dice magníficamente en las Confesiones: “No temo la impureza del alimento, sino la impureza del deseo”. No es el alimento lo que corrompe al hombre, sino el apetito desordenado. Quizás por eso esta pequeña anécdota conserva una sorprendente actualidad. ¿No asistimos hoy, en algunos ámbitos, a una especie de nuevo maniqueísmo respecto del vino?
La comparación debe hacerse con cuidado. Sería absurdo equiparar las advertencias médicas acerca de los posibles daños del alcohol con la cosmología de Mani. Pero también hay que recordar que existe una tentación intelectual que atraviesa épocas muy diferentes, y es la de dejar de distinguir. “Es de sabios distinguir”, recuerda un viejo adagio filosófico.
Por ello, una cosa es advertir sobre el abuso del vino; otra, considerar sospechoso al vino mismo. Una cosa es la embriaguez; otra, una copa compartida durante una comida. Una cosa es una adicción; otra, una tradición milenaria que forma parte inseparable de nuestra cultura.
Es que el vino –hay que decirlo una vez más– no es simplemente alcohol. Reducirlo a su graduación alcohólica es olvidar todo lo demás que ha significado a lo largo de la historia. El vino es sobre todo tierra, cultivo y trabajo; es mesa, celebración y amistad; es conversación, rito, literatura y religión. Ha acompañado a nuestra cultura desde sus orígenes y ha encontrado un lugar en Homero y Platón, en la Biblia y en la tradición cristiana, en nuestras fiestas familiares y en nuestros paisajes.
Por eso la presencia del vino en la mesa puede tener todavía hoy algo de aquel gesto agustiniano. Si en Hipona servía para marcar distancia frente a una doctrina que veía en él “la sangre del diablo”, quizá en nuestra mesa pueda ser también una pequeña forma de resistencia cultural frente a aquellas miradas que, al reducir el vino únicamente a sus posibles excesos, terminan olvidando el lugar que ha ocupado durante siglos en nuestra civilización.
No se trata, por supuesto, de negar los riesgos ni de hacer una apología del exceso. Se trata de algo mucho más elemental y, a la vez, más difícil: distinguir. La virtud no consiste simplemente en eliminar aquello de lo que podemos abusar, sino en aprender a relacionarnos correctamente con ello.
Estoy seguro de que por eso, en aquella sobria mesa de Hipona, entre lecturas, conversaciones y vida comunitaria, nunca faltaba el vino. Que en nuestra mesa tampoco falte, como recordatorio de todo lo que el vino ha significado para nuestra civilización y como pequeña defensa frente a las miradas sesgadas que pretenden reducirlo únicamente a sus posibles excesos.
Y también como memoria de una vieja lección agustiniana: para vivir virtuosamente no hace falta demonizar las cosas buenas, sino aprender a amarlas bien.