Nuestro filósofo Ceferino Muñoz nos invita a descubrir el pensamiento de Immanuel Kant y su particular visión sobre el vino. Una columna para explorar los vínculos entre filosofía, placer y cultura, y conocer qué lugar ocupa esta bebida en la reflexión de uno de los grandes pensadores de la historia.
Kant y su apología del vino
Immanuel Kant (1724-1804), uno de los filósofos más rigurosos de la historia, era aficionado al vino. Sí, al vino. Su biógrafo Manfred Kuehn cuenta que durante buena parte de su vida prefirió el tinto, aunque en sus últimos años se inclinó por el blanco. También disfrutaba de las buenas comidas y de las largas conversaciones. Tanto que uno de sus amigos, Theodor von Hippel, bromeaba con que algún día terminaría escribiendo una Crítica del arte de cocinar.
La imagen resulta llamativa. Estamos acostumbrados a pensar en Kant como el representante de una moral severa, fundada en el deber y en el famoso imperativo categórico (actuar según principios que podamos querer como ley universal). Para él, debemos hacer el bien porque reconocemos racionalmente que es lo correcto, incluso cuando nuestras inclinaciones nos empujan en otra dirección.
Sin embargo, Kant no era enemigo del placer, como a veces se piensa. Lo que rechazaba era que el placer constituyera el fundamento de la moralidad. Podemos disfrutar legítimamente de las cosas agradables de la vida, siempre que ese disfrute sea compatible con nuestros deberes. Y aquí aparece algo particularmente interesante para quienes apreciamos el vino.
En su Metafísica de las costumbres, Kant condena la embriaguez porque considera que quien se entrega voluntariamente a ella pierde, aunque sea transitoriamente, el dominio racional de su conducta. Hasta aquí, nada demasiado sorprendente.
Lo llamativo aparece cuando se pregunta si es posible defender moralmente cierto consumo de vino. Para ello utiliza una distinción que merece nuestra atención. Se plantea si podemos hablar en favor del vino, “si no como panegirista, al menos como apologista”.
La elección de las palabras resulta significativa. El panegírico es un discurso destinado a elogiar o exaltar las cualidades de algo, generalmente mediante recursos retóricos. La apología, en cambio, supone una defensa fundada en razones. Y dar razones es, precisamente, una de las tareas fundamentales de la filosofía. Kant no pretende hacer un mero elogio entusiasta del vino, por ello se pregunta si existen argumentos moralmente atendibles para defenderlo. Que uno de los filósofos más exigentes de la modernidad considere esa posibilidad ya resulta bastante interesante.
¿Y cuáles serían esas razones?
El filósofo de Königsberg menciona expresamente la capacidad del vino para animar la conversación y favorecer la franqueza entre las personas. Encuentra en él algo que trasciende el simple placer de beber. Una copa compartida puede contribuir a que las personas entren en confianza, pierdan cierta rigidez y se muestren más abiertas ante los demás.
En su Antropología en sentido pragmático, encontramos una afirmación todavía más sorprendente. Kant señala que la bebida “abre también el corazón y es un vehículo material de una cualidad moral, a saber, la franqueza”.
En ese contexto se refiere también expresamente al vino. Vale la pena detenerse en esta expresión. El filósofo reconoce que algo material, como el vino, puede favorecer una cualidad moral. Desde luego, beber no nos convierte automáticamente en personas virtuosas. Pero el vino puede contribuir a crear ese clima de confianza que facilita el encuentro humano.
Kant establece incluso una comparación con otras sustancias. Mientras que al opio y al aguardiente les atribuye una tendencia al aislamiento y al ensimismamiento, reconoce en el vino una capacidad particular para estimular la conversación. Naturalmente, son observaciones antropológicas propias del siglo XVIII, que no debemos confundir con conclusiones médicas. Pero revelan la importancia que Kant concede a la sociabilidad.
Esta idea adquiere mayor profundidad cuando reflexiona sobre el banquete. En la misma Metafisica de las costumbres afirma que posee, además del disfrute físico, “algo que tiende a un fin moral”. Ese fin consiste en reunir a varias personas durante un tiempo prolongado para que puedan comunicarse entre sí.
Hay aquí una intuición filosófica de considerable importancia. El ser humano es racional, pero también social. Aristóteles lo había expresado siglos antes al definir al hombre como un zoon politikón, un animal político, naturalmente inclinado a vivir en comunidad. Necesitamos de los demás para desarrollar plenamente nuestra humanidad
Pues bien, Kant advierte que el vino puede favorecer precisamente ese encuentro. Y lo interesante es que esta reflexión tenía su correlato en la propia vida del filósofo. Ernst Cassirer, cuenta que, desde 1787, cuando comenzó a comer habitualmente en su propia casa, apenas pasaba un día sin que invitara a su mesa a alguno de sus amigos. Sus invitados recordaban especialmente la vivacidad y la riqueza de aquellas reuniones.
En su Antropología, Kant llega a considerar “una buena comida en buena compañía” una ocasión especialmente propicia para armonizar el bienestar físico con la virtud. Incluso emplea el concepto de humanidad para referirse a esa adecuada relación entre el disfrute y la vida moral en el trato social.
Por supuesto, el filósofo no desconoce los peligros del exceso. La medida es fundamental, aunque el propio Kant reconoce que establecer sus límites no siempre resulta sencillo. Con todo, conviene insistir en el aspecto positivo de su reflexión: un placer sensible puede contribuir a una finalidad moral. El vino puede favorecer la sociabilidad, la conversación y esa apertura hacia los demás que constituye una dimensión fundamental de nuestra existencia.
Hay aquí una intuición que conserva toda su actualidad. Vivimos rodeados de publicidades, noticias, posteos, stories y estados que desfilan sin pausa por nuestros teléfonos. Estamos permanentemente conectados y, sin embargo, no siempre encontramos tiempo para algo tan sencillo y humano como sentarnos a conversar.
Quizás una buena mesa, acompañada por una copa de vino, sea todavía una ocasión privilegiada para recuperar ese encuentro.
Resulta particularmente simpático descubrir que el severo filósofo del deber supo reconocerlo. Después de todo, Kant dedicó buena parte de su vida a investigar las condiciones del conocimiento y de la moralidad, pero también encontraba tiempo para disfrutar de una buena comida y de una copa de vino con sus amigos.
Y acaso aquella copa cumpliera una función más importante de lo que parece. Ayudaba a prolongar las conversaciones, despertar el ingenio y gozar mucho más de la compañía de sus contertulios.