Por Cristian Moor, enólogo y conductor de Matices del Vino.
Cada vendimia tiene algo de ritual, con todas sus virtudes. Nos encontramos, brindamos, celebramos el trabajo de un año entero y escuchamos los anuncios que, en teoría, deberían marcar el rumbo de una de las industrias más emblemáticas de la Argentina.
En los últimos días, entre los eventos de la agenda política, que se aprieta sin sentido, volvimos a vivir ese momento en el que la vitivinicultura se reúne para pensar un mejor futuro. Escenarios importantes, discursos esperados, diagnósticos conocidos y esperanza de empatía, que nunca llega.
Después de los discursos de cada entidad, quedó una sensación difícil de ignorar. Termina la jornada, cuando las copas se guardan y el ruido cesa, el sabor agridulce en el paladar queda como retrogusto.
La vitivinicultura argentina es mucho más que una actividad económica, y quizás esta pueda ser la razón por la cual pocos se ocupan. Cuando se entienda el verdadero valor de una botella de vino, que representa nuestra cultura, identidad, turismo, empleo, arraigo, es orgullo nacional, nuestra bebida nacional, único país que la tiene como tal… contame, ¿qué producto exportamos con el valor agregado que tiene un vino? ¿Qué producto cuenta tanto de nosotros como una botella en el exterior?
Lo hemos contado muchas veces. No hay un embajador más perfecto que una botella de vino, que cuenta sobre nuestros lugares, costumbres, climas, suelos, gente, bodegas… cuenta sobre nuestro país, porque hoy prácticamente se elabora vino en casi toda la Argentina.
Por eso, cuando llega la Vendimia, el sector espera algo más que palabras correctas o un speach institucional. Espera señales claras, convicción, estrategia, diálogo. Espera una decisión fuerte de acompañar a una industria que compite todos los días en un mercado global extremadamente exigente.
Y este año y una vez más, esa señal no se sintió.
El sector vitivinícola no pide privilegios, al menos desde este programa y de muchos productores que contactamos seguido. Muy por el contrario. El sector no quiere subsidios eternos, ni beneficios artificiales, ni privilegios excepcionales y mucho menos que el estado intervenga. Lo que pide es algo mucho más simple y justo: condiciones de competitividad similares a las que tienen nuestros competidores en el mundo.
Mientras países como Chile, Australia, España o Italia avanzan con políticas y estrategias mas claras para impulsar sus exportaciones, mejorar su logística y fortalecer su presencia internacional, presupuestos sideralmente mayores para promocionar el vino. Se preguntaron alguna vez ¿cuál es el prespuesto que tiene Portugal para promocionar el vino? En Argentina, con el que contamos es insignificante… nuestra industria muchas veces siente que corre la carrera con una mochila más pesada. Es hora de sincerarnos y reflexionar sobre lo que el sector necesita. Y necesita decisiones estratégicas y menos brindis con sabor a pendientes. Creemos que ya no hay mucho mas tiempo para perder.
El vino argentino ha demostrado que puede competir con calidad, identidad y prestigio en los mercados más exigentes del planeta. Pero para sostener ese lugar necesita algo fundamental: un camino un poco más allanado.
Menos obstáculos. Más competitividad.
Y también, quizás, una mayor cohesión dentro del propio sector.
Porque si algo ha demostrado la historia de la vitivinicultura es que cuando las entidades trabajan juntas, cuando las voces se alinean y cuando el objetivo es común, la fuerza de la industria se multiplica.
La Vendimia debería ser también ese momento. No solo para celebrar lo que somos, sino para construir juntos lo que queremos ser.
Y porque el vino argentino no necesita favores, necesita igualdad de condiciones, del resto, se encarga el sector de elaborar vinos con calidad internacional.
Solo necesita las condiciones para competir de igual a igual con el mundo.
Nada más. Pero tampoco nada menos.
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