Nuestro experto en filosofía y vino, Ceferino Muñóz, nos invita a reflexionar sobre el vino como alimento espiritual, inspirado en la mirada de Alejandro Dumas: gran escritor del siglo XIX, apasionado del vino y la gastronomía. Una propuesta para pensar, sentir y disfrutar el vino desde otro lugar.
Alejandro Dumas, el gran novelista francés del siglo XIX, era un apasionado de la cocina y del vino. Tanto que se le atribuye la siguiente sentencia que ––dicho sea de paso, debería estar impresa en cada lugar dedicado a la gastronomía––: “La comida es la parte material de la alimentación, pero el vino es la parte espiritual de nuestro alimento”.
Dumas, no solo fue un gigante de la literatura de aventuras ––cómo no recordar Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo o El hombre de la máscara de hierro–– sino que también consideraba a la cocina como un arte a la altura de la escritura. Se dice, además, que nuestro autor no solo presumía de sus cualidades culinarias, sino que muchas veces se le oyó decir que prefería ser recordado más como cocinero que como escritor. De hecho dejó una obra póstuma de casi mil doscientas páginas titulada: Grand Dictionnaire de la Cuisine. En él se reúnen más de tres mil recetas que Dumas se ocupó de recopilar y comentar, y en donde el vino aparece numerosísimas veces referido.
Pero volvamos a la frase que sitúa al vino como el elemento espiritual de nuestra alimentación. Parecería extraño que algo que es material, como el vino, pueda identificarse tanto con lo espiritual. Algunos pensadores antiguos hablaban de tres dimensiones del ser humano: el cuerpo (sôma), la dimensión material; el alma (psyché), sede de emociones, apetitos y razón; y el espíritu (pneuma), el soplo divino, dimensión superior del alma que tiende a Dios.
Siguiendo esta explicación, conviene evitar una confusión muy común: lo espiritual no siempre significa “inmaterial”, y el hombre ––tal como lo acabamos de describir–– es una muestra perfecta de ello: no somos pura materialidad, sino que somos espíritus encarnados. Lo espiritual nos muestra que no somos un conjunto de átomos o partículas unidas azarosamente, sino que hay una dimensión humana que es capaz de hacer trascender y elevar la experiencia por sobre la mera función biológica. Es la que en definitiva orienta y da sentido al existir, y esa es la dimensión espiritual. Dicho de modo sencillo, lo espiritual no es lo contrario de lo material: es lo que hace que lo material tenga propósito.
Pero, de nuevo surge la pregunta: ¿por qué se vincula el vino con lo espiritual?
Primero, porque agrega sentido. La comida, en su nivel básico, responde a una necesidad fisiológica, pues alimenta. El vino, si bien lo consideramos un alimento, no es necesario para subsistir. Y justamente ahí empieza su dimensión “espiritual”: el vino pertenece al orden de lo gratuito. No se bebe para sobrevivir, sino para significar algo. Es un auxilio de la humanidad para no olvidar qué significa “lo humano”. Un querido profesor decía: “Con el vino ocurre, como con el cielo estrellado, con el aroma de los jazmines o con el son de una guitarra, que pueden mitigar, ya que no saciar nunca por entero, esa única sed arraigada desde siempre en el hondón del alma: la de la felicidad”. Cuando el vino aparece, la mesa deja de ser solo un lugar de nutrición material y se vuelve escena de hospitalidad, de conversación, de celebración, de rememoración, incluso de reconciliación. En otras palabras: el vino no agrega calorías decisivas; agrega sentido.
Segundo, porque el vino conecta con la interioridad, dado que reclama una experiencia de atención. Se puede comer distraído, incluso se puede tomar algunas bebidas careciendo de atención, pero es mucho más difícil beber buen vino distraído. El vino exige presencia: mirar, oler, gustar, discernir. Obliga a salir del ajetreo. Esa atención —tan simple y tan rara hoy— es ya una forma de interioridad. “En el hombre interior habita la verdad”, decía San Agustín. Y la interioridad es un rasgo clásico de lo espiritual: no porque “abandone la materia”, sino porque la materia se convierte en puerta hacia algo más alto: contemplación, espera, gozo lúcido, gratitud…
He nombrado solo dos motivos ––sentido e interioridad–– pero les aseguro que hay muchos más que justifican esa particular espiritualidad del vino. Y no porque el vino sea un “espíritu” en el sentido etéreo, sino porque, ya lo hemos dicho, activa la dimensión más alta del hombre. La comida sostiene el cuerpo. El vino sostiene al alma y eleva el espíritu.
Quizá eso quiso decir Dumas: que el vino no es lo que nos mantiene vivos, sino lo que nos recuerda por qué vale la pena estar vivos.