“Se templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”. Este fue uno de los tantos consejos que diera Don Quijote a Sancho Panza en la obra más importante de las letras españolas y de las más destacadas de la literatura universal. Me refiero al El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
Esta advertencia del caballero a su escudero no hace más que mostrar una característica imprescindible no ya del buen bebedor de vino, sino de toda persona que quiera llevar una vida buena, plena, floreciente. En toda la obra Don Quijote encontramos un vivero de citas que destacan lo esencial de la moderación para el buen vivir.
Mucho antes que Cervantes, los griegos usaban la palabra sophrosyne (σωφροσύνη) y los latinos temperantia –que traducimos como “templanza”– para referirse a ese hábito ético que posibilita ser morigerado, medido o moderado en nuestras acciones. También los filósofos estoicos y los neoplatónicos utilizaban otros términos como “frugalidad”, “modo” o “mesura”, para indicar esa virtud que permite dominar nuestros apetitos y los deleites que le siguen.
Pero aquí cabe una advertencia: ese “dominar” no debe entenderse como una anulación o extirpación de los deseos y los placeres, sino que se trata de tener dominio o control sobre los mismos. Por ello, el problema no está en el vino, sino en el exceso que nos hace olvidar quiénes somos. Lo que la filosofía plantea es que hay que darle forma, ordenar y administrar prudentemente esos deseos. Como afirma el filósofo escocés Alasdair Macintyre: “El hombre sophrón (moderado) siente placer por las cosas rectas, de una manera recta y en un grado recto”. Y San Agustín definía la moderación como “la sabiduría del alma” (Modus animi sapientia).
En nuestro tiempo, es valioso reconocer las campañas e iniciativas que promueven un consumo responsable de vino. Pero no basta con normas, sanciones o mensajes institucionales: para que la moderación sea real y duradera, hay que formar personas responsables desde la raíz. Como dice el refrán, “educa al niño para no castigar al hombre”.
La filosofía siempre entendió que, en última instancia, lo que es bueno debe hacerse no por temor al castigo o porque esté de moda o porque proporcione buena imagen. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, decía que es buena aquella persona que no hace cosas malas a pesar de que tenga deseos de hacerlas, pero también decía que es mejor aún la que ni siquiera desea hacerlas.

Por eso, la moderación no es una opción más, o una moda o una tendencia; sino que es una conditio sine qua non para el auténtico disfrute. Ya lo decía Roger Scruton: “si existe un pecado relacionado con el vino, yo diría que no es el acto de beber, sino el divorcio que puede producirse entre el placer y la virtud”. Incluso el vino es, como ninguna otra bebida, el líquido donde se conjuga perfectamente ese equilibrio entre el disfrute y la moderación.
Tanto es así, que el auténtico buen bebedor de vino –incluso aunque no sea plenamente consciente de ello– se guía por las que son las máximas quizás más representativas del buen filosofar, las cuales estaban inscriptas en el pórtico del templo de Apolo en Delfos. La primera es famosa por boca del viejo Sócrates: “Conócete a ti mismo”; la segunda un poco menos conocida, pero nunca menos importante: “Todo con moderación”.
Escuchá desde aquí la columna completa: