Nuestro filósofo Ceferino Muñoz nos invita a reflexionar con esta idea: “Beber vino es bueno cuando los hombres están alegres, no para estar alegres”. Una mirada distinta sobre el rol del vino, la alegría y el verdadero sentido de compartir. ¿Qué te sugiere esta frase?
Escuchá desde aquí la columna completa:
El historiador anglo-francés Hilarie Belloc sostenía: “Beber vino es bueno cuando los hombres están alegres, no para estar alegres”. De buenas a primeras esta frase parece contradictoria, pero en realidad es una paradoja.
Algunos grandes escritores han usado con maestría la paradoja. Platón, por ejemplo, en la Apología, presenta a Sócrates como el más sabio de su tiempo, aunque él mismo se declaraba ignorante. Esa idea se transmitió a la tradición con la fórmula: “Solo sé que no sé nada”.
El verdadero genio de Sócrates fue reconocer que su sabiduría consistía en aceptar sus límites frente a los asuntos más elevados. Reconocer la propia ignorancia es el primer paso hacia la auténtica sabiduría. Lo que parecía un sinsentido, en realidad mostraba un aspecto nuevo de la realidad: la famosa docta ignorancia de la que hablaría Nicolás de Cusa siglos más tarde.
Así funciona la paradoja: rompe la lógica inmediata, pero nos abre al asombro y a una verdad más profunda. Y si con Sócrates descubrimos que la paradoja abre camino a la sabiduría, con Belloc comprendemos que el vino también abre camino a una sabiduría más concreta y cotidiana: la de celebrar la vida en compañía y con moderación. “Beber vino es bueno cuando los hombres están alegres, no para estar alegres”.
En nuestras sociedades modernas las cosas suelen hacerse para algo: con un fin utilitario, por un resultado, para obtener algún beneficio o ventaja. El beber también puede caer en esa trampa utilitarista: beber para estar sanos, para evadirnos, para tomar coraje, para producir alegría, etc.
Saint-Exupéry lo retrató muy bien en El principito. El niño le pregunta al bebedor:
-¿Qué haces ahí?
-¡Bebo!
-¿Por qué bebes?
-Para olvidar.
-¿Para olvidar qué?
-Para olvidar que siento vergüenza.
-¿Vergüenza de qué?
-¡Vergüenza de beber!
Acá la paradoja se resuelve entendiendo que lo que dice Belloc es que hay que beber cuando uno es feliz y no para serlo. En palabras más simples, el vino debe acompañar la alegría, no fabricarla. Y eso solo ocurre cuando lo bebemos en armonía y con moderación: entonces deja de ser un simple trago y se convierte en catalizador, en compañero ideal que multiplica todo lo bueno que nos rodea.
Otro gran escritor inglés y amigo de Belloc, G.K. Chesterton, ampliaba esta maravillosa idea:
“Bebe porque estás feliz, nunca porque te sientes desgraciado. Nunca bebas cuando no puedes estar bien sin el alcohol, o te convertirás en el bebedor … de cara gris en el suburbio; bebe cuando puedes estar feliz sin la bebida, y serás como el sonriente campesino italiano. No bebas porque lo necesitas, pues esto es beber de un modo racionalista, y la vía a la muerte y al infierno. Bebe porque no lo necesitas, pues esto es beber sin racionalismos, y la salud ancestral del mundo”.
En este bello párrafo late la misma paradoja y también su resolución: el vino solo cuando se bebe con libertad y no por dependencia, se convierte en símbolo de júbilo y de festividad. El vino no es un remedio, ni un escape, ni una muleta, ni tampoco una anestesia. Es gozo compartido, brindis, amistad, celebración. Es, como diría Belloc, “beber porque ya estamos alegres”.