“Los hombres son como los vinos: la edad agria los malos y mejora los buenos”. Esta sentencia suele atribuirse a Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.), el gran filósofo, orador y político romano. Es verdad que no se encuentra de modo literal en sus obras, pero también es cierto que expresa muy bien una de las intuiciones centrales de este filósofo: el paso del tiempo no necesariamente cambia al hombre; más bien lo consolida, lo revela, lo muestra en aquello que fue construyendo a lo largo de su vida.
Ceferino Muñoz, nuestro filósofo especializado en vinos, nos invita a reflexionar a partir de una frase de Cicerón, uno de los grandes pensadores, filósofos y oradores de la Antigua Roma: “Los hombres son como los vinos; la edad agria a los malos, pero mejora a los buenos”.
Una columna para pensar cómo el paso del tiempo revela nuestra verdadera esencia, del mismo modo que sucede con los grandes vinos.
Si durante la juventud y la madurez no nos hemos dedicado a cultivar un buen carácter, difícilmente la vejez produzca ese milagro por sí sola. Somos, en buena medida, el resultado de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestros hábitos, de lo que fuimos eligiendo día a día.
Y algo semejante sucede con el vino.
Desde que se planta la vid, es necesario cuidarla: regarla, podarla, protegerla de las inclemencias del tiempo, defenderla de las plagas y, si se enferma, curarla. El manejo del viñedo debe ser atento y preciso. Pero el proceso no termina allí. Luego vendrá la cosecha, la molienda, la fermentación, la crianza en barrica o en tanque, según el estilo buscado. Y durante todo ese recorrido, el enólogo irá probando, observando, corrigiendo, acompañando el desarrollo del vino para que exprese de la mejor manera posible su potencial.
Hay allí una atención casi paternal. Si todo ese camino se realiza con cuidado, tendremos un vino capaz de desplegar sus atributos: estructura, equilibrio, aroma, persistencia, identidad. Diremos entonces que es un buen vino. Pero si faltaron los cuidados necesarios, si hubo negligencia o desorden en el proceso, ese vino difícilmente mejore solo por el mero paso del tiempo. Puede incluso deteriorarse, volverse defectuoso, perder aquello que pudo haber sido.
Volvamos ahora a los hombres.
Todos nacemos con un temperamento que no elegimos. Venimos al mundo con ciertas inclinaciones, algunas más favorables y otras menos. Pero para Cicerón –como para buena parte de la tradición filosófica antigua– la felicidad no consiste simplemente en dejarnos llevar por lo que somos espontáneamente, sino en educar el carácter: potenciar lo mejor de nosotros y corregir aquello que nos desordena. Si logramos hacerlo, ese carácter se convierte en una segunda naturaleza, una forma estable de vivir virtuosamente.
Y lo decisivo es que ese carácter nos acompaña a lo largo del tiempo, incluso hasta la etapa final de la vida. Por eso la vejez, en Cicerón, no es simplemente decadencia. Puede ser también plenitud, serenidad, madurez. Pero solo si hubo antes una vida trabajada interiormente.
Aquí aparece una idea muy potente: así como un vino no es mejor solamente porque envejece, sino porque fue preparado y cuidado para envejecer bien, del mismo modo el hombre no se vuelve bueno simplemente porque pasan los años. La edad mejora al que fue cultivado; pero puede agriar al que llegó a ella sin medida, sin virtud, sin dominio de sí.
Cicerón lo dice con claridad en su obra De senectute o Acerca de la vejez: “No es la vejez en sí la que resulta pesada, sino los vicios del carácter”. Y añade una observación todavía más luminosa: “Los ancianos moderados, afables y humanos viven una vejez llevadera”.
Quizás por eso la comparación entre los hombres y los vinos resulta tan sugerente. El tiempo, por sí solo, no salva nada. El tiempo puede mejorar, pero también puede arruinar. Todo depende de la calidad de aquello que atraviesa el tiempo.
Un gran vino no nace en la botella vieja. Nace mucho antes: en la tierra, en la vid, en la cosecha, en la paciencia, en la mano experta que supo acompañarlo. Y algo semejante ocurre con una vida humana lograda. La vejez noble no se improvisa al final: se prepara desde antes, en el modo en que aprendimos a vivir.
Tal vez allí esté la enseñanza más profunda de esta vieja intuición atribuida a Cicerón: los años no nos transforman mágicamente. Más bien nos revelan. En algunos, hacen visible la armonía de una vida cultivada. En otros, muestran con más crudeza aquello que nunca fue corregido.
Como en el vino, también en el hombre la edad no basta. Lo decisivo es qué hemos hecho con nosotros mismos antes de llegar a ella.