Hoy estamos presenciando una transformación silenciosa en la manera en que, sobretodo las nuevas generaciones, entienden el prestigio, el bienestar y hasta la forma de mostrarse frente a los demás, advierte en su editorial nuestro enólogo y conductor Cristian Moor.
El vino, hace mucho tiempo, es un símbolo de estatus, en ciertas ocasiones. Porque saber conocer de vinos te hace más culto, conoces una región, varietales, climas, algo de química quizás, porque sentarse alrededor de una mesa y descorchar un gran vino formaban parte de cierta idea de sofisticación. Hoy, para muchos jóvenes, ese símbolo parece estar desplazándose hacia otro lugar: el cuerpo, el ejercicio, la vida saludable y la cultura fitness.
Ya no necesariamente genera admiración quien comparta una botella importante. Muchas veces genera más interés quien muestra que entrenó a las seis de la mañana, corrió diez kilómetros, hizo una rutina exigente o consiguió el tiempo necesario para cuidar su cuerpo.
Y hay algo interesante detrás de esto: tener tiempo para entrenar también se convirtió en una expresión de éxito.
Las grandes marcas lo entendieron rápidamente asociadas con la moda, el lujo y la indumentaria urbana invierten cada vez más en ropa deportiva, zapatillas, tecnología y accesorios vinculados con el entrenamiento.
Porque hoy también se comunica, quiénes somos, o quienes queremos comunicar que somos, a través del gimnasio, el running, el ciclismo o cualquier disciplina deportiva.
Y esto no es una crítica al ejercicio, todo lo contrario.
Hacer actividad física es saludable, necesario y probablemente uno de los mejores hábitos que podemos incorporar a nuestra vida.
El problema para el vino aparece cuando entendemos que, dentro de esta nueva construcción cultural, para una parte de los jóvenes el vino comienza a parecer aburrido, antiguo o demasiado solemne.
En nuestra editorial anterior hablábamos del vino como una bebida rebelde frente a la velocidad de estos tiempos.
Y quizás allí esté precisamente su mayor virtud, que las retinas nuevas no pueden o no quieren ver.
Porque el vino propone algo completamente diferente de la lógica de la productividad permanente actual.
El mundo de hoy nos invita a correr más rápido, entrenar más, producir más, medí tus resultados, superá tus marcas, optimizá tu cuerpo, aprovechá cada minuto.
El vino, ofrece también, otras cosas:
Tambien sentate, conversá, escuchá, compartí, quedate un rato más, contame de vos, olvidemos el celular un rato, conozcámonos…
En ese sentido, el vino es un rebelde.
Porque no busca optimizar el tiempo: busca disfrutarlo.
Gran parte de la filosofía contemporánea del bienestar está construida alrededor del individuo: mi cuerpo, mi entrenamiento, mis objetivos, mis tiempos, mis marcas, mis resultados, mis éxitos…
El vino históricamente nació alrededor de otra palabra: nosotros.
Una botella rara vez tiene sentido para una sola persona. Se abre para compartir.
El vino necesita de una mesa, una conversación, una historia, una comida, un encuentro, de personas alrededor de el…
Por supuesto que el deporte también puede generar comunidad, amistades y experiencias compartidas. El problema no es el ejercicio, sino la cultura del bienestar se convierte exclusivamente en culto al rendimiento individual, lo superficial, lo meramente estético, lo que la moda indica.
Porque entonces podemos terminar teniendo cuerpos cada vez más entrenados, mientras tenemos conversaciones cada vez más cortas, mas virtuales, menos profundas, mas banales.
Más seguidores y menos amigos.
Más métricas y menos sobremesas.
Quizás por eso el vino tenga hoy algo verdaderamente contracultural para ofrecer.
En un mundo obsesionado con mostrarnos mejores, el vino todavía nos invita simplemente a encontrarnos.
Entonces el desafío de nuestra industria no debería ser competir contra el gimnasio, sería absurdo.
Deberíamos hacer exactamente lo contrario: entender qué están buscando las nuevas generaciones y volver a mostrarles que el vino no representa necesariamente exceso, formalidad o solemnidad y que no es parte de todas las bebnidas alcholicas, es parte de una cultura, de una trascendencia que te invita a culturar tu mente, tu bienestar, que responsablemente, mejora tu calidad de vida.
Genera amistades, vínculos, relaciones, negocios.
Porque una vida saludable no debería ser únicamente una vida más larga.
También debería ser una vida que valga la pena vivir, compartiendo.
Quizás durante muchos años pensamos que el vino otorgaba estatus por lo que costaba la botella, sin embargo hoy representa algo más profundo: tener tiempo para abrirla, sentarse frente a alguien y conversar sin mirar el celular.
En esta época acelerada, hiperconectada, fitness y obsesionada con el rendimiento, quizás el vino vuelva a ser rebelde precisamente por eso.
Porque mientras todo nos empuja a correr… el vino todavía nos invita a sentarnos y disfrutar.