¿Por qué la Odisea es un clásico? Quizá porque, aunque fue compuesta hace casi tres mil años, continúa hablándonos de asuntos que no han dejado de inquietar al ser humano. Es la historia del viaje y del deseo de regresar; de la patria, la fidelidad, la identidad, la memoria y el olvido, la hospitalidad y las tentaciones que desvían del camino. Cambian los mares y los monstruos, pero seguimos reconociéndonos en Odiseo.
Junto a la Ilíada, este poema atribuido a Homero se encuentra en el comienzo de la tradición literaria occidental. Y hay un dato que, para quienes amamos el vino, resulta especialmente significativo, y es que en la Odisea el vino está presente de manera constante, explica nuestro filósofo especializado en vinos, Ceferino Muñóz, quien nos propone viajar miles de años atrás para adentrarnos en una de las obras literarias más importantes de todos los tiempos: La Odisea; y su conexión con el vino.
Elbia Difabio –mi antigua profesora de griego– en uno de sus escritos contabiliza 88 apariciones de la palabra griega oînos y otras 14 de méthy, empleada también por Homero para designarlo. Son, por tanto, al menos 102 menciones directas, sin contar libaciones y otras expresiones relacionadas.
Pero lo verdaderamente sorprendente no es la cantidad, sino su peso narrativo y simbólico. El vino acompaña momentos decisivos y enlaza el viaje del héroe con la suerte de su casa.
En el canto II, cuando Telémaco –hijo de Odiseo– prepara su partida en busca de noticias de su padre, desciende a la cámara donde se guardan los tesoros familiares. Allí están el oro, el bronce, los vestidos, el aceite aromático y, junto a ellos, grandes tinajas de vino añejo. No se trata de una provisión cualquiera. Es parte del patrimonio de la casa y se conserva cuidadosamente. El mejor vino ha sido reservado ante la posibilidad de que algún día regrese Odiseo.
Mientras el héroe vaga por mares desconocidos, algo permanece esperándolo en Ítaca. Penélope espera al esposo, Telémaco al padre y hasta el vino envejece aguardando su regreso. Esa bodega contiene una forma material de la esperanza.
El vino también acompaña la hospitalidad, uno de los grandes temas de la obra. Néstor recibe a Telémaco abriendo un vino que llevaba once años guardado. Menelao le ofrece una magnífica crátera de plata con bordes de oro. Los feacios reciben a Odiseo, le dan alimento y vino, escuchan su historia y finalmente lo ayudan a volver a Ítaca. En todos estos encuentros, la bebida no es un adorno del banquete. Dar vino significa reconocer al desconocido como huésped, ponerlo bajo la protección de la casa y establecer con él un vínculo.
También está presente cuando la memoria se convierte en palabra. En el palacio de los feacios, el aedo Demódoco recibe una copa antes de comenzar su canto. Cuando canta la guerra de Troya, Odiseo bebe, realiza una libación y oculta sus lágrimas. Todavía no ha revelado quién es, pero el relato despierta su pasado y lo obliga a reconocerse. Poco después, el extranjero sin nombre contará su propia historia. Alrededor de aquella mesa, entre el canto y la copa, Odiseo comienza a recuperar su identidad.
Pero en Ítaca la hospitalidad ha sido pervertida. Los pretendientes se han instalado en el palacio de Odiseo y consumen sin descanso sus animales, su pan y su vino. Su falta no consiste simplemente en la desmesura, sino en haberse apropiado de aquello que solo podían recibir como un don. Ya no se comportan como huéspedes agradecidos, sino como dueños anticipados de una casa que no les pertenece.
Por eso resulta tan poderosa la muerte de Antínoo al comienzo del canto XXII. Es el primero de los pretendientes en caer bajo las flechas de Odiseo y muere cuando está a punto de beber vino, mientras sostiene entre las manos una hermosa copa de oro de dos asas. La escena condensa, en un solo gesto, la naturaleza de su culpa: hasta el último instante, Antínoo continúa disfrutando de los bienes del hombre cuya casa ha usurpado. La flecha lo alcanza en medio del banquete; la copa con vino cae de su mano y, con ella, se derrumba también la ilusión de que aquellos bienes le pertenecían. Hay allí una forma de justicia poética, pues Antínoo muere realizando el mismo acto que simboliza su falta. Mientras Odiseo regresa para recuperar su casa, Antínoo todavía está bebiéndosela.
Pero como si todo esto fuera poco, descubrimos una simetría admirable. La primera aparición del vino en la Odisea, en el canto I, muestra a los servidores mezclándolo para los pretendientes en la casa usurpada. La última aparición, en el canto final (el XXIII), presenta a Telémaco, al boyero y al porquerizo –los fieles– mezclando el vino en la casa de Laertes. Al comienzo, otros consumen los bienes de Odiseo; al final, los suyos vuelven a compartirlos. Entre esas dos copas se desarrolla todo el viaje: ausencia, desorden, regreso y restauración del hogar.
En suma, la Odisea habla de los grandes asuntos humanos y nos recuerda que el vino ha estado presente en muchos de ellos, allí donde la vida humana adquiere sentido: el viaje y la espera, la memoria y la palabra, la amistad y la fidelidad, la hospitalidad, la alegría del encuentro y el regreso a casa.
Mientras Odiseo luchaba contra tentaciones, monstruos, tempestades y naufragios, en Ítaca había quedado reservado el mejor vino para su regreso. Penélope lo esperaba, Telémaco lo esperaba, Argos, su perro, lo esperaba. Y también el vino.
Quizá una de las enseñanzas más hermosas de la Odisea sea que el sentido último del viaje no está en las aventuras, sino en el regreso. Y que algunos vinos encuentran su plenitud precisamente cuando hay alguien con quien compartirlos al volver al hogar.