Nuestro conductor y enólogo, Cristian Moor, analiza una tendencia que se viene con todo: los vinos con bajo o sin alcohol.
El auge de los vinos sin alcohol abre un debate intenso e interesante dentro del mundo del vino. ¿Estamos frente a una herejía moderna, a una evolución lógica o simplemente a una nueva rama del mismo árbol milenario que se vuelve una moda? Creo que para responder a estas preguntas, primero tenemos que mirar hacia atrás: hacia la historia larga, profunda y simbólica del vino tal como lo conocemos. Un vino que nació con alcohol, porque así nació la fermentación, porque así nació la cultura.
El vino fermentado —el vino con alcohol— es la bebida más antigua del mundo. Acompañó a la humanidad desde que el ser humano comprendió que un racimo olvidado podía convertirse en un líquido que hablaba de la tierra, sol, tiempo, cultura y mucho más. Fue moneda, medicina, alimento y rito. En la Grecia clásica simbolizó civilización; en la Roma imperial, poder; en la Edad Media, refugio. Y en la tradición cristiana se convirtió directamente en misterio y símbolo: la sangre de Cristo. No es un detalle menor: ningún otro producto agrícola alcanzó semejante densidad espiritual.
Por eso es comprensible que muchos miren los vinos sin alcohol con recelo: sienten que tocan una fibra sensible, ancestral, con mucha historia para contar, que en definitiva, todos queremos compartir. Como si al extraer el alcohol se vaciara también parte del sentido histórico del vino.
Y sin embargo, el mundo cambia. Cambian los hábitos, las prioridades, la relación con la salud, las formas de disfrutar. Los vinos desalcoholizados, creemos que no vienen a reemplazar esa tradición —sería imposible— sino a convivir con ella. Su irrupción responde a nuevas necesidades: disfrutar del ritual sin perder claridad mental, brindar sin restricciones médicas, compartir sin consecuencias. Son otra puerta de entrada, no una reemplazo a la historia.
Pero es importante poner las cosas en su lugar: el vino con alcohol seguirá siendo el corazón simbólico, cultural y espiritual de esta bebida. El vino sin alcohol, en cambio, es una opción moderna, útil, válida, pero hija de su tiempo.
Lo importante es que el sector vitivinícola trate esta categoría con seriedad técnica, ya hay bodegas trabajando muy bien para que la experiencia no sea un simulacro sino un verdadero camino sensorial. Y que el consumidor entienda que elegir un vino sin alcohol no lo desconecta de la cultura, sino que lo conecta de otra manera, más liviana, más consciente y para ciertas ocasiones.
Quizás la pregunta correcta no sea “¿son vinos de verdad?”, sino “¿qué lugar pueden ocupar?”.
Y en un mundo que busca alternativas sin renunciar al sentido, quizás esa rama permita que más personas puedan seguir disfrutando de la bebida con mas historia en el mundo.