Una invitación a mirar la copa con profundidad: nuestro filósofo, Ceferino Muñoz, nos propone pensar y reflexionar sobre “El vino: don del cielo y gozo del corazón”.
La Biblia –desde el Génesis hasta el Apocalipsis– es una verdadera cantera de citas sobre el vino. Hay cerca de mil referencias si incluimos términos afines como vid, viña, mosto, lagar, racimo, fruto de la vid, etc.
Entre todas ellas, destacan, de modo especial, aquellas que vinculan el vino con la alegría del corazón. Así lo expresa el Salmo 104:
“Él [Yahvé] hace brotar la hierba para el ganado,
y las plantas para el servicio del hombre,
para que saque alimento de la tierra,
y vino que alegra el corazón del hombre”(Sal. 104,14-15).
El Eclesiastés habla en la misma línea:
“Anda, come tu pan con gozo,
y bebe tu vino con corazón alegre […]”(Ecl. 9,7).
Y en Jueces se nos dice que el vino “alegra a Dios y a los hombres” (Jc. 9,13).
Lo notable es que esta alegría no es simplemente sensitiva o corporal –y por tanto, fugaz y superficial– sino que es una alegría del corazón, expresión que en la Escritura tiene un significado muchísimo más profundo que el que hoy damos a la palabra.
En la tradición bíblica, el corazón no es solo el lugar de los sentimientos, sino el centro unificado de la persona: evoca todo el mundo interior del hombre –pensamientos, recuerdos, sentimientos, proyectos, sabiduría. En la Escritura, el corazón expresa toda la personalidad y el centro de la conciencia, el lugar donde el hombre ejerce sus opciones más vitales.
Por eso San Agustín pudo escribir en sus Confesiones (I, 1, 1) la frase que quizá mejor describe la hondura del corazón humano: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Así, la alegría que la Biblia atribuye al vino no es frívola: toca el interior del hombre, su mundo espiritual, su dimensión relacional con los otros y con Dios. Por eso el vino aparece como don, es decir, un obsequio de Dios tomado de la creación; pero también como auxilio, como una ayuda que hace más humano nuestro existir. Y cuanto más auténticamente humanos somos, más fácilmente descubrimos que somos imago Dei, es decir, imagen de Dios.
En el Nuevo Testamento, el vino adquiere todavía mayor profundidad de sentido. Cristo declara:
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.”(Jn. 15,1).
Es decir, Él mismo se identifica con la vid, fuente del fruto que alegra el corazón.
Y en la Última Cena, el vino se vuelve sacramento: “Tomó una copa […] «Beban todos de ella: esta es mi sangre, sangre de la nueva alianza […]»”.
El vino ya no es solo un regalo de la creación: se convierte en signo visible y eficaz de la presencia del Dios hecho hombre.
En suma, en la Biblia –el libro más leído e influyente de la historia– el vino no aparece como un detalle menor, sino como un verdadero protagonista espiritual. Y Jesucristo, el Dios-hombre, eligió precisamente el vino –no otra bebida– para donarse y permanecer entre nosotros, para alegrar y divinizar el corazón del hombre.