Nuestro filósofo especializado en vinos, Ceferino Muñoz, nos invita a una nueva reflexión con una pregunta: ¿y si, en lugar de hacernos olvidar, el vino nos ayudara a recordar? A partir de la relación entre el vino y la memoria, Ceferino explorará cómo esta bebida ha acompañado la historia, los afectos y los momentos más significativos de la vida, invitándonos a pensar en el vino como un puente hacia los recuerdos, la identidad y la experiencia compartida. Una columna para detenernos a pensar y descubrir una nueva dimensión del vino.
Suele decirse que bebemos para olvidar. La frase tiene algo de verdad, pero de una verdad triste, empobrecida. Según ese lugar común, el alcohol sería una especie de anestesia, un modo de borrar, aunque sea por un rato, las penas, las frustraciones, los miedos o las heridas que todavía duelen. Beber sería entonces apagar la conciencia, suspender el peso de la realidad, entrar por unas horas en una niebla “benévola” donde ya no nos alcance aquello que somos.
Pero el vino, al menos cuando pertenece a una cultura y a una tradición y no simplemente a un exceso, no tiene por qué ser instrumento de olvido. Puede ser exactamente lo contrario: una escuela de la memoria.
La literatura lo ha sabido mejor que nosotros. Borges, en su “Soneto al vino”, le pide a este brebaje algo mucho más delicado que la evasión: “Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria”.
El verso es bellísimo porque no dice “vino, ayúdame a olvidar”. Dice: “enséñame a mirar mi propia historia”. Es decir, ayúdame a tomar distancia de mí mismo, a contemplar mi vida no ya como fuego que todavía quema, sino como ceniza que puede ser comprendida.
La ceniza es lo que queda después del incendio. Algo ardió, algo dolió, algo fue pasión, deseo, pérdida, entusiasmo o fracaso. Pero ahora queda convertido en memoria. No ha desaparecido, se ha transfigurado. Borges no busca borrar su pasado, sino mirarlo desde la sabiduría de la experiencia vivida.
En ese sentido, el vino verdadero no nos arranca de la memoria, sino que nos devuelve a ella de otra manera. Porque recordar no es simplemente traer un dato al pensamiento. Hay una interpretación etimológica que vincula recordar con “volver a pasar algo por el corazón: re-cordis”.
Recordar sería, entonces, dejar que aquello que vivimos vuelva a tocar el centro afectivo de nuestra persona. No se recuerda solo con la cabeza. Recordamos también con los afectos, es decir, con gratitud, arrepentimiento, ternura, nostalgia… El hombre completo es el que recuerda.
San Agustín comprendió como pocos esta profundidad de la memoria. La memoria no es un simple depósito de imágenes pasadas. Es una morada interior inmensa, casi misteriosa, donde el hombre se encuentra consigo mismo, con su historia, con sus deseos, con sus pérdidas y también con el Creador: “¡Oh Dios, siempre el mismo!, que me conozca a mí, que te conozca a ti” (Soliloquios II, 1).
Recordar, para Agustín, no es mirar hacia atrás como quien revisa un archivo muerto. Es descender hacia la propia interioridad para descubrir qué hemos amado, qué hemos buscado, pero también para vislumbrar qué debemos amar y qué debemos buscar: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones I, 1, 1).
Por eso hay una diferencia decisiva entre beber para olvidar y beber para recordar. El vino mal bebido nos dispersa. Nos saca de nosotros mismos. Nos hace perder la memoria, no solo de los hechos, sino de nuestra dignidad, de nuestros vínculos, de nuestra medida.
En cambio, el vino compartido con sobriedad puede tener un efecto inverso, pues despierta, reúne, convoca, devuelve espesor a la vida. Una copa servida en una mesa familiar puede recordar a los padres y a los abuelos. Un vino de una región puede devolvernos a la tierra, el clima, las manos que trabajaron la viña. Un brindis puede recordar una amistad, una ausencia, una promesa, una alegría antigua.
También nos recuerda algo más radical: que somos criaturas finitas. Que no lo hemos hecho todo, que no lo controlamos todo, que nuestra vida merece ser examinada. Sócrates decía que una vida sin examen no merece ser vivida. Nosotros podríamos decir que una vida sin memoria tampoco. Porque quien no recuerda no sabe de dónde viene, no reconoce sus dones, no aprende de sus caídas y no puede agradecer; y, en definitiva, no sabe para qué está en este mundo.
El vino, por eso, no debería ser la bebida del olvido, sino de la memoria reconciliada. No para huir de la propia historia, sino para mirarla con hondura, a veces con arrepentimiento y otras con calma, es decir, con un poco más de sabiduría.
Los invito, entonces, a que bebamos vino no para olvidar lo que fuimos o lo que somos, sino para recordar lo que debemos ser.