Nuestro filósofo especializado en vinos, Ceferino Muñoz, nos invita a reflexionar a partir de una célebre frase del sabio y médico persa Avicena: “El vino es el amigo del sabio”. ¿Qué quiso decir con estas palabras? Una columna que nos invita a descubrir cómo, desde hace siglos, el vino ha sido símbolo de encuentro, conocimiento y reflexión.
El vino es el amigo del sabio y el enemigo del borracho”. La frase suele atribuirse a Ibn Sina –o más conocido como Avicena–, el gran médico y filósofo persa que vivió entre los siglos X y XI. La idea que contiene resulta poderosa, ya que una misma bebida puede acompañar la lucidez o precipitar la confusión. Todo depende, en buena medida, de quién levanta la copa.
Hay algo extraño en la frase. Solo podemos ser amigos o enemigos de una persona. El vino no quiere nuestro bien ni maquina nuestra ruina. No posee intenciones, no juzga, no elige. Avicena utiliza la amistad y la enemistad como metáforas para dirigir la mirada hacia el que en esta ocasión es el verdadero protagonista, no el vino, sino el bebedor.
Como médico, Avicena examinó el vino con la ambivalencia propia de la medicina antigua. En una de sus obras, El canon de medicina, consideró sus posibles usos terapéuticos y sus efectos sobre el organismo, pero también advirtió acerca de los daños del exceso. La dosis, la constitución corporal y las circunstancias importaban. Una sustancia no era buena o mala en términos absolutos, había que considerar el modo en que se utilizaba.
Sin trasladar en bloque aquella medicina medieval al presente, esa prudencia conserva una enseñanza humana. El vino no actúa del mismo modo en todos ni es recibido de igual manera por cada persona. Puede integrarse en una comida, acompañar una conversación y ayudar a celebrar un encuentro. Pero también puede convertirse en evasión, desmesura o pérdida del dominio de uno mismo.
Por eso la oposición entre el sabio y el borracho no distingue a quien conoce mucho de vino de quien sabe poco. El sabio no es necesariamente el especialista capaz de reconocer una añada a ciegas, describir un terroir o enumerar cepas y regiones. Se puede poseer cultura enológica y, sin embargo, no saber beber.
La sabiduría del vino comienza en otro lugar, comienza en la medida. Consiste en saber cuándo beber, cuánto, con quién y para qué. Supone advertir que una copa puede estar al servicio de la amistad, la conversación y la alegría, pero que no debe ocupar el lugar de esos bienes. El vino acompaña la reunión; no la sustituye. Puede volver más amical una mesa, pero no crea por sí solo la amistad.
También por eso suele decirse que el vino “revela”. No porque simplemente posea un poder mágico para desnudar el alma –aunque algo de eso hay–, sino porque debilita ciertos controles y amplifica disposiciones que ya estaban presentes. Donde encuentra templanza, puede acompañar la distensión sin destruir la lucidez. Donde encuentra resentimiento, imprudencia o deseo de fuga, puede favorecer el desborde. No fabrica de la nada una personalidad, sino que con frecuencia vuelve más visible lo que ya había.
En este sentido, beber pone a prueba algo más profundo que el paladar. Pone a prueba nuestra relación con el placer. ¿Somos capaces de disfrutar sin apropiarnos vorazmente de aquello que nos gusta? ¿Podemos detenernos cuando todavía queda vino en la botella? ¿Sabemos apreciar una copa sin convertirla en una necesidad? La libertad no consiste solamente en poder beber, sino también en poder no hacerlo y principalmente en saber cuándo detenerse.
La diferencia entre el buen bebedor y el mal bebedor se percibe incluso en los verbos. El primero observa, huele, degusta, reconoce, conversa y saborea. El segundo simplemente toma. O, como decían nuestros abuelos, “empina el codo”. Uno se detiene ante la experiencia; el otro busca acumular efectos, estímulos, sensaciones.
No es casual que las palabras “sabiduría” y “sabor” pertenezcan a la misma familia etimológica. Ambas remiten al antiguo verbo latino sapere, que significaba, al mismo tiempo, tener sabor y tener juicio. Esa vecindad lingüística conserva una intuición preciosa, la cual indica que el sabio no es quien devora la realidad, sino quien aprende a gustarla, a saborearla.
Tal vez esa sea la enseñanza más honda de la frase atribuida a Avicena. El vino puede ser amigo cuando se lo recibe con inteligencia, gratitud y medida; se vuelve enemigo cuando se le exige que llene vacíos que ninguna bebida puede colmar. Al final, la copa no habla tanto del vino que contiene como de la persona que la sostiene. Y entre saborear y simplemente beber se decide, muchas veces, no solo nuestra relación con el vino, sino también nuestra manera de estar en el mundo.