Durante años, la industria del vino argentino, y muchos países del nuevo mundo, trabajamos para dejar atrás ciertos excesos. Excesos de madurez, de alcohol, de madera, de extracción, de concentración. Hubo una época en la que muchos vinos parecían competir por quién era más potente, más oscuro, más dulce en boca, más marcado por la barrica. Se acuerdan del termino Parkerización? Y frente a eso, la reacción fue lógica: buscar más equilibrio. Porque la sobremadurez estandarizaba.
Así empezó a instalarse con fuerza una nueva idea de vino. Vinos más frescos, más frutados, con menos madera, más livianos, mas gastronómicos se escucha, mas fluidez, menos sobremadurez, más tensión y sobre todo, con una expresión más clara del lugar.
En principio, el cambio fue positivo. Fuimos encontrando identidad de los lugares, Nos permitió recuperar bebilidad, precisión, tipicidad varietal, tipicidad del paisaje. Nos ayudó a entender que la madera no debía tapar al vino, que la madurez no debía borrar la frescura, que el alcohol no podía ser el único sinónimo de calidad y que el terroir debía ocupar un lugar central en el discurso y en la copa.
Pero hoy aparece una pregunta necesaria: ¿estaremos construyendo una nueva estandarización?, sostiene en su columna nuestro enólogo y conductor Cristian Moor.
Porque si todos queremos hacer vinos frescos, frutados, con poca madera y expresión de terroir, el riesgo es que esa búsqueda, que nació como una reacción saludable, se transforme en una nueva modalidad de elaborar vinos y al parecer, casi la única. Una forma más elegante, más moderna, más aceptada por la crítica, sobretodo este punto.
Y cuando el vino se convierte en receta, empieza a perder una parte esencial de su verdad.
La paradoja es evidente. Hablamos todo el tiempo de terroir, de identidad, de origen, de paisaje, de suelo, de microclima, de lugar. Pero muchas veces los vinos terminan pareciéndose demasiado entre sí.
Porque no es lo mismo frescura que un vino flaco.
No es lo mismo elegancia que falta de carácter.
No es lo mismo poca madera que ausencia de la misma.
No es lo mismo modernidad que uniformidad.
El Malbec no debería convertirse en un vino genérico de fruta roja, acidez alta y textura liviana si su lugar, su planta, su edad o su suelo piden otra cosa, recordemos que el Malbec es el mejor traductor del lugar, tenemos que aprovecharlo!!!! Un Cabernet Sauvignon no debería perder su estructura, su pirazina noble, su columna tánica o su carácter vegetal solo porque el mercado pide suavidad o al mercado de USA no le gusta el pimiento. Si claro, tenemos que vender y el consumidor manda, pero no perdamos la identidad haciendo todos nuestros vinos iguales.
La tipicidad varietal importa, como La tipicidad del lugar, a memoria de una zona, la historia de una bodega, y sobretodo, el estilo también hay que cuidar.
Durante mucho tiempo se criticó la estandarización de los vinos de alta madurez y madera nueva. Pero deberíamos tener el mismo espíritu crítico frente a la estandarización de los vinos “frescos, tensos y de lugar”. Porque ninguna moda, ni siquiera una moda más refinada, debería reemplazar la observación profunda del viñedo.
El verdadero desafío no es hacer vinos frescos. El verdadero desafío es encontrar nuestro propio estilo y crear ina identidad.
Identidad varietal, de lugar, de la añada, de la bodega…
La frescura es valiosa cuando nace naturalmente del lugar o cuando se interpreta con inteligencia. Pero cuando se vuelve una obligación estética, puede ser tan artificial como el exceso de madera que antes criticábamos.
Lo mismo ocurre con la idea de “poca intervención”. Si la mínima intervención se convierte en eslogan, deja de ser una filosofía y se convierte solo en marketing. El vino necesita sensibilidad, no dogmas. A veces hay que intervenir menos. A veces hay que intervenir mejor. Y a veces hay que tener el coraje de aceptar que cada viñedo no quiere decir lo mismo.
Quizás el problema de fondo sea que la industria suele pasar de una moda a otra muy rápidamente, como en este mundo moderno que vivimos de instantaneidad. Antes todos querían potencia. Ahora todos quieren frescura. Antes todos querían barricas nuevas. Ahora muchos quieren madera imperceptible. Antes se hablaba de concentración. Ahora se habla de tensión. Antes el elogio era “vino grande”. Ahora el elogio es “vino bebible”.
Pero el vino no debería vivir obedeciendo consignas. Debería vivir buscando verdad, ser fiel a lo que sentimos, interpretamos, estudiamos, escuchamos.
Y la verdad de un vino no siempre entra en la tendencia del momento.
Por eso, tal vez haya llegado el momento de defender una idea más amplia de calidad. Una calidad donde puedan convivir vinos frescos y estructurados. Vinos ligeros y profundos. Vinos con madera y vinos sin madera. Vinos de guarda y vinos de disfrute inmediato. Vinos austeros y complejos. Vinos de montaña, de oasis, de zonas cálidas, de zonas frías, de viñedos antiguos, de suelos pobres, de suelos profundos, de lugares que no deberían sonar todos igual.
La diversidad no se debería recitar. Se deberia embotellar.
Y si todos los vinos empiezan a buscar el mismo ideal sensorial, entonces la diversidad se convierte en un discurso vacío.
El vino argentino tiene una oportunidad enorme: mostrar que no hay una sola forma de ser moderno. Que no hay una sola forma de ser elegante. Que no hay una sola forma de expresar el terroir. Que un vino puede ser contemporáneo sin renunciar a su variedad, a su zona y a su carácter. Tal cual somos nosotros, un país del nuevo mundo, pero con historia del viejo mundo, eso deberíamos defender.
Y ahí también está el desafío de quienes comunicamos vino. No podemos repetir palabras de moda sin preguntarnos qué significan. No podemos celebrar automáticamente todo vino fresco como si la frescura fuera una garantía de identidad.
No podemos confundir delicadeza con autenticidad. No podemos transformar el terroir en una frase cómoda.
Porque cuando todos buscan parecer actuales, corren el riesgo de dejar de parecer auténticos.
Y si el vino pierde autenticidad, pierde lo más importante que tiene: su capacidad de hablarnos de un lugar, de una variedad, de una cosecha, de una historia y de una mano humana que decidió no copiar una moda, sino escuchar lo que tenía enfrente.
Esa debería ser la verdadera expresión del terroir.
No hacer lo que todos hacen.
Sino animarse a hacer lo que el lugar y el vino pide.