La vitivinicultura argentina atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas.
Cae el consumo. Se achican los márgenes. Los productores pierden rentabilidad. Las bodegas tienen dificultades para financiarse. Exportar cuesta cada vez más. La presión impositiva asfixia. Los costos aumentan y la competitividad frente a otros países productores se deteriora.
Ese es el verdadero escenario, pero las bodegas siguen invirtiendo y elaborando los mejores vinos de su historia.
Sin embargo, mientras la industria se sufre, desde algún escritorio en Buenos Aires aparecen iniciativas que pretenden modificar estructuras profundas del sector, sin que quede claro que quienes las impulsan comprendan realmente cómo funciona la vitivinicultura, advierte en su editorial nuestro conductor y enólogo Cristian Moor. Y advierte.
Porque el vino no se entiende detrás de un escritorio. Se lo comprende caminando una finca, hablando con un productor, recorriendo una bodega, escuchando a quien arriesga su capital, trabaja durante todo el año y depende de una cosecha para sostener a su familia.
Antes de discutir reformas que pueden afectar la identidad, la trazabilidad, la elaboración o la estructura productiva del vino argentino, deberíamos preguntarnos cuáles son los problemas verdaderamente urgentes.
¿No sería más importante reducir la carga impositiva?
¿No deberíamos discutir líneas de financiamiento accesibles para productores y bodegas?
¿No sería prioritario mejorar la competitividad exportadora?
¿No deberíamos revisar los costos logísticos, laborales, energéticos y burocráticos que condicionan a toda la cadena?
¿No tendríamos que exigir igualdad de condiciones frente a países competidores que cuentan con crédito, promoción internacional, estabilidad económica y políticas de largo plazo?
Esos son los debates que necesita hoy el vino argentino.
No una nueva pantomima política con decisiones tomadas para alimentar titulares, provocar enfrentamientos, que el efecto contrario es el opuesto, y celebro que nos unamos todos para combatir estas propuestas ridículas.
La vitivinicultura no necesita pan y circo.
Necesita previsibilidad planificación, diálogo, pero también necesita liderazgo, porque no tenemos quines se paren de frente a estas propuestas que solo buscan, de forma mezquina, ganar políticamente.
Las decisiones deben nacer del conocimiento, del consenso y de una estrategia común.
Modernizar no significa destruir.
Desregular no significa abandonar.
El vino argentino no puede seguir siendo rehén de decisiones políticas desconectadas de la realidad.
Porque el vino argentino no necesita que lo utilicen como escenario político.
Necesita que quienes toman decisiones comprendan, de una vez por todas, que detrás de cada botella hay productores, familias, trabajadores, inversión, cultura y territorio.